Ramiro Pinilla no hace surf

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Nació hace 100 años y no hace surf, ni hizo, pero era un amante de su pueblo (Getxo) y del mar.

 

Como pequeño homenaje a este reconocido escritor vasco reproduzco un pequeño relato aparecido en la revista Galea en julio de 1984 en el que recordaba cómo eran las playas entonces. Curiosamente, el relato continua teniendo , en algunos aspectos, una inquietante actualidad.

 

Nuestras playas (1984)

 

Imaginaos lo mejor: pues así eran nuestras playas hace medio siglo. Eran como fragmentos de un mundo acabado de estrenar. Y, sobre todo , en las grandes bajamares -cuando se nos ofrecían a la vista territorios nunca vistos - se tenía la sensación de estar ultrajando un planeta reservado a especies más afortunadas. Eran incursiones hacia lo desconocido, con to dos los atributos de la gran aventura: virginidad..., ¿nos arrepentiríamos alguna vez de mancillar aquella pureza húmeda recién desnudada?; soledad..., ¿acaso la huida de los otros humanos que nos acompañaban obedecía a que una iniciación así era privilegio de un solo elegido?; silencio ..., ¿sería así el prometido fondo del mar?; misterio..., ¿qué secreto de vida ocultaban la ondulante vegetación de los remansos y las enigmáticas aguas de bajo las peñas?

 

Dudo que sensaciones semejantes experimenten sus infortunados visitantes de hoy.

 

Además, si nos referimos, por ejemplo, al año 37, recién "liberado " Getxo , nuestro encuentro con ese paraíso virginal se producía rescatados ó lo fugazmente, sólo mientras permaneciéramos en las prodigiosas peñas de la bajamar- de una torpe, rancia y eclesial represión de la carne: garantizaban nuestra entrada en el cielo guardas de playa, municipales y Guardia Civil, en benéfica acción conjunta contra la simple exhibición de un solo centímetro cuadrado de carne infantil de varón, siempre inclinada a los torpes placeres animales, como es bien sabido. Los niños de aquel tiempo, por si aún ignorábamos que nuestro esqueleto estaba forrado de varios kilos de carne puesta por el diablo, lo descubríamos al advertir la santa saña con que se nos perseguía. Nos contemplábamos por debajo de nuestra cerrada ropa, en parte orgullosos de poseer semejante tesoro insospechado, en parte avergonzados de cargar, desde tan jovencitos, con tan peligroso material. Nuestro bañador había de tener peto, tela por arriba para cubrir nuestros incitantes pechos de doce, diez y seis años, y aún menos, pues no se libraban ni los nenes gorditos. Si el pantalón carecía de faldita, ésta debía sustituirse por la toalla: no se nos permitía permanecer fuera del agua sin la toalla, y, al ir al baño, debíamos llevarla puesta hasta la mismísima orilla y desaparecer pronto en las olas. Estaba prohibido tumbarse en la arena —postura erótica justamente perseguida- sin albornoz, de modo que, quien careciera de él, se veía condenado a estar de pie o a sentarse con peto y toalla . La carne de los niños se cotizaba tanto como la de las niñas, cosa que, ya de mayores, nos llenó de vanidad e hizo que mirásemos a las chicas de igual a igual.

 

Nos defendíamos del enemigo organizándonos estratégicamente. Toda la playa era un solo hombre contra nuestros opresores. Adultos y adultas, niñas y niños, nativos y veraneantes, añas y el vendedor de patatas fritas montábamos un servicio de centinelas escalonados de punta a punta. Asombrosamente, y aunque cumplían órdenes directas de Dios, los guardas no eran ubicuos y habían de desplazarse con pies terrestres de un extremo al otro de la playa, circunstancia que aprovechábamos para pecar cuando ellos se alejaban de nuestra zona. Pero no duraba mucho nuestra dicha: no tardaba en oírse la alarma en cadena: "¡Que vienen!", " iYa están adentro!", "Han puesto cinco multas en Cobo !", y cada zona cambiante volvía a ser una reserva espiritual de Occidente. Tanto ingenio desarrollado hizo de nosotros una generación muy lista, como se puede advertir actualmente. 

 

Un hombre joven, un providencial humorista, nos vengó. De pronto, una mañana de sol fulgurante, apareció en las ardientes arenas una figura tiesa to d a vestida de frac, chistera, botines y bastón con mango de nácar. Sólo llevaba al aire la cara, mu y seria. Y así se metió al agua, entre la carcajada general. A l salir, los guardias se lo llevaron. Se dijo que le impusieron una multa de 5 00 pesetas... ¡de entonces!

 

Las pescas eran apoteósicas en aquella dichosa edad. En las limpias bajamares, pescábamos pulpos, eskarras, sabayos, centollos, quisquillas y quisquillones, cabrachos, julias, sarrones... Las peñas eran como un gran vivero a nuestra disposición. Los mejores pescadores eran, claro, los aborígenes, a los que ni en invierno se tes quitaba el moreno de la piel. Todos los veraneantes perseguíamos a los aborígenes por las peñas: donde ellos estuviesen había pesca. Pero eran dioses superiores en su escenario natural y habíamos de contentarnos con sus sobras. Hoy , en 1984 , se ha perdido aquella raza -¿ dónde están los Uribe, los Montan o, los Sópela, los Jáuregui, los Aguiriano?, y , si están, aún, ¿qué ha sido de ellos ? -, ya no hay diferencia entre aborigen y advenedizo urbano. Y la ausencia de aborígenes selváticos significa, ay, que nuestras playas, nuestro Getxo, han perdido " lo natural", y para siempre, para siempre... Agur, agur.

pinilla

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