Ayer, sin tanta prisa como acostumbro tuve la oportunidad de mirar bien y decidir esperar. Dar la vuelta al traje tranquilamente, sentarme en un banco, disfrutar de los 20ºC en pleno marzo, mirar el mar.
Estaba feo. Había mucha corriente, olas venían muy tumbadas, y un molesto viento del este soplaba sin descanso. A medida que el sol fue bajando, el viendo se fue apagando, y el oleaje empezó a ordenarse.
Fue entonces cuando decidí lanzarme al agua. Aunque costaba pillarlas, las olas abrían bastante bien, la y la corriente había desaparecido. El baño estaba siendo fácil. Y claro, al se tan fácil la gente llegó y llenó el pico. Y entonces me pregunté si mereció esperar o tenía que haberme lanzado a las chustas rotas por el viento.
