Ben Gravy lleva desde 2016 obsesionado con las olas que generan los ferries y, tras más de una docena de vídeos sobre el tema, Stab habla ya de su obra maestra. La ola está en Nueva Escocia y la genera The CAT, el catamarán que une Bar Harbor (Maine) con Yarmouth: cuatro motores de casi 12.000 caballos cada uno y propulsión a chorro. Cuando su estela encuentra el fondo adecuado, se convierte en una ola larga, rápida y hueca. El problema es la logística: el ferry pasa una vez al día y todo depende de la marea y el viento.
Tras un primer intento sin éxito a principios de verano, Gravy volvió en septiembre con Travis Beckmann, amigo desde hace más de 25 años, a los mandos del jet ski. La rutina era un Día de la Marmota en toda regla: despertarse, surfear una ola y esperar ocho o diez horas a la siguiente. Primero llegó una ola de punta a punta con un glider. Después vino un tubo que se le escapó por "un error humano minúsculo", en una ola con una particularidad incómoda: te suelta, te vuelve a meter y no termina nunca.
El último día, con viento suave, Gravy se soltó del jet ski y clavó la punta. Beckmann lo recogió, lo recolocó y esta vez sí: dentro y fuera del barrel. "Travis me acaba de dar la mejor ola de ferry de mi vida", gritó. No hay GoPro ni toma desde dentro, pero Gravy no se ahorró la comparación: "Parecía la piscina de Kelly". Según Stab, cada viaje ronda los 4.000 dólares, y Gravy calcula unos 10.000 en total de "investigación y desarrollo". Alguien del equipo lo resumió mejor: sigue saliendo más barato que el Surf Ranch.